Nos cuesta aceptar que somos pura contingencia. Que no hay un plan mayor, ni un propósito escondido. Que nuestro paso por el mundo es una excepción fugaz en el flujo indiferente del tiempo. Seremos olvidados, no por error, sino por estructura. Lo que no se actualiza, desaparece. Y lo que permanece, pierde sentido.
Desde niños nos instruyen en la idea de trascendencia: dejar huella, hacer historia, tener un legado. Pero tarde o temprano uno empieza a intuir que el mundo no espera nada. Que la existencia no está diseñada para reconocer ni premiar a nadie. Y que eso no es injusto: simplemente es.
No quedará tu obra. Ni tus ideas. Ni los detalles que creíste importantes. Incluso quienes te amaron con fuerza dejarán de repetirte. No por crueldad, sino porque la memoria es biodegradable. Y cuando eso pase, todo continuará. Sin interrupciones. Sin preguntas. Sin sobresaltos.
Y entonces se revela lo insoportable: no hay un testigo último. Ninguna conciencia recogerá tus restos simbólicos. Todo lo que fuiste — deseos, errores, intuiciones — se disolverá sin drama. Serás apenas una idea entre muchas que se agotó. Una página sin lector. Un espectáculo sin público.
No tiene por qué importarte, pero no serás recordado. No dejarás señal. No hay promesa. No hay deuda. Hay solo esto: haber sido, por un instante, en medio del ruido cósmico. Y luego, nada. Como debe ser.